AILEFROIDE "Treinta y siete horas en una repisa"

AILEFROIDE

Treinta y siete horas en una repisa

Son las cinco de la madrugada y la oscura noche transcurre tranquila en el interior de mi pequeño refugio, formado por una ligera capa textil que apenas cubre mi cabeza. Mi funda de vivac Baude, de apenas 110 gramos y regalo de Xavi, cumple a la perfección con ese difícil equilibrio entre peso y confort tan deseado en la montaña. La pequeña repisa y la mitad de la esterilla que cortamos anoche constituyen la cama y el colchón que nos permiten recuperarnos, entre sueño y sueño, de los ochocientos metros de escalada de la jornada anterior.

De pronto, un gran estruendo rompe el silencio y una lluvia de rocas impacta contra mi vulnerable refugio, arrancándome de golpe de mi ligero pero reparador sueño. La respiración se me corta y los sucesivos impactos me hacen pensar que todo ha terminado...

Es sábado, 11 de julio, y, como de costumbre, nos disponemos a dedicar una semana a una de nuestras grandes pasiones: escalar alguna cara norte de los Alpes. Esta vez, después de darle muchas vueltas y valorar las excepcionales condiciones climáticas que sufrimos desde junio, con una ola de calor que parece haberse instalado de forma permanente en Europa y que ha llevado los termómetros hasta los cuarenta grados, debemos replantearnos nuestros planes.

La norte del Dru tendrá que esperar. Las noticias que llegan desde Chamonix, con una isoterma cero rozando los 5.000 metros, desaconsejan totalmente las rutas orientadas al norte debido al calentamiento del permafrost.

El permafrost es una mezcla helada de tierra, roca y hielo que actúa como un cemento natural y que ha modelado, durante miles de años, la morfología actual de las montañas por encima de los 3.000 metros. En condiciones normales, la isoterma cero apenas supera esa cota. Solo lo hace en contadas ocasiones o durante algunas horas del día, cuando la incidencia solar alcanza temporalmente las sombrías y frías caras norte.

Hace ya casi quince años que, junto a mi gran amigo y alpinista Pepe Cabo, intenté escalar la cara norte del Ailefroide por la vía Devies-Gervasutti. También era julio y, en aquella ocasión, las condiciones tampoco fueron buenas; la montaña aún conservaba demasiada nieve. Por ello decidimos recorrer la arista Costa Rouge del Ailefroide. Sin embargo, la contemplación de aquella gigantesca pared de mil metros, conocida como la Walker de los Écrins, me dejó fascinado y con el firme propósito de regresar algún día para intentar escalarla.

Antes incluso de partir, ya habíamos decidido que el objetivo principal de esta salida sería precisamente la norte del Ailefroide por la vía Devies-Gervasutti, situada en el Parque Nacional de los Écrins.

Tras estudiar las condiciones, consideramos que podía ser una buena elección. Las altas temperaturas habrían secado una pared que normalmente se escala en agosto y, además, su recorrido no está amenazado por glaciares colgantes. Sobre el papel, parecía una ascensión relativamente segura y poco expuesta a grandes desprendimientos.

Después de un largo y caluroso viaje por las autopistas francesas, llegamos el sábado por la tarde al valle de Oisans, en el Parque Nacional de los Écrins. Nuestro objetivo era alcanzar La Bérarde, el histórico pueblo situado al fondo del valle, pero pronto descubrimos que el acceso en vehículo privado estaba prohibido.

Dimos media vuelta y, tras informarnos en la oficina de turismo, nos instalamos en el camping Le Champ du Moulin, en Vénosc. Allí compramos los billetes del autobús que, a la mañana siguiente, nos dejaría a la entrada de La Bérarde.

La razón de esta restricción era evidente. En 2024, el pueblo sufrió una devastadora avalancha de agua, barro, tierra, rocas, nieve y hielo que sepultó gran parte de las edificaciones bajo enormes bloques de piedra y destruyó buena parte de la carretera de acceso. El desastre transformó radicalmente la fisonomía del valle y de este pueblo de más de ciento sesenta años de historia. Afortunadamente, no hubo que lamentar víctimas y las cerca de doscientas personas que se encontraban en el pueblo y el camping pudieron ser evacuadas por los servicios de rescate.

Desde el camping, Xavi llamó al refugio Temple-Écrins para intentar reservar una noche, pero la guarda le comunicó que no quedaban plazas.

Con las gestiones hechas, preparamos las mochilas y nos sentamos en la terraza del bar del camping para cenar unas pizzas. Apenas habíamos empezado cuando una típica tormenta de verano nos obligó a refugiarnos en el interior del local para terminarlas.

A la mañana siguiente dejamos el coche en el aparcamiento y tomamos el autobús rumbo a La Bérarde. Al llegar, comprobamos de primera mano la magnitud de la devastación.

Muchas casas permanecían destruidas o semienterradas entre enormes bloques de piedra. El camping municipal, donde tantas veces habíamos acampado, ya no existía. Tampoco la pizzería ni la Maison de la Montagne. El albergue del CAF y el Hotel de la Meije permanecían cerrados y abandonados. Aun así, algunas viviendas habían resistido y sus propietarios habían regresado para reconstruir sus vidas, colocando carteles que reclamaban la recuperación del pueblo.

Cruzamos el río por un puente provisional apoyado sobre contenedores metálicos y seguimos el nuevo sendero, trazado para esquivar los barrancos y los enormes bloques de piedra que habían borrado parte del antiguo camino.

Poco después llegamos al refugio du Carrelet. Mientras bebíamos y llenábamos las cantimploras en su característica fuente, levantamos la vista y contemplamos por primera vez nuestro objetivo.

Allí estaba.

La inmensa cara norte del Ailefroide dominaba el valle con una presencia tan majestuosa como intimidante. Después de tantos años pensando en ella, por fin iba a tener la oportunidad de intentarla.

Preguntamos al guarda por las condiciones de la vía, pero nos responde que las desconoce y que aquel refugio recibe más excursionistas y turistas que montañeros.

No tenemos claro si dirigirnos directamente al vivac del collado de Costa Rouge, remontando su abrupto valle, o pasar antes por el refugio Temple-Écrins para informarnos sobre las condiciones e incluso vivaquear en sus inmediaciones. Xavi insiste en que es mejor pasar por el refugio, así que finalmente eso es lo que hacemos.

La subida resulta penosa bajo las altas temperaturas y no llegamos hasta bien pasado el mediodía.

Nada más llegar, encontramos a tres mujeres y un bebé sentados alrededor de una mesa, pelando patatas y verduras para la cena. Preguntamos a la guarda, madre del pequeño, por las condiciones de la cara norte del Ailefroide. Nos explica que durante los últimos días han descargado varias tormentas y que sería aconsejable esperar una jornada más para que la pared termine de secarse y así evitar encontrar verglás o demasiada humedad en las fisuras de salida.

Le preguntamos si hay plazas para dormir y, en un primer momento, nos responde que no. También aprovechamos para preguntarle si podemos cenar allí. Al cabo de unos minutos regresa con mejores noticias: ha conseguido encontrarnos alojamiento.

Decidimos quedarnos dos noches.

Con un día extra por delante, buscamos alguna actividad que nos permita aclimatarnos sin realizar un esfuerzo excesivo. La ascensión al pico Coolidge nos parece una buena opción.

El lunes nos ponemos en marcha a las tres y media de la madrugada. Por delante nos esperan unos 1.400 metros de desnivel y una sencilla trepada de III grado. El esfuerzo tiene recompensa.

Desde la cima disfrutamos de una magnífica panorámica de la Barre des Écrins y su Pilar Sur, que ya escalé hace años con Pepe; del glaciar Noir; de la arista Costa Rouge y, por supuesto, de la cara norte del Ailefroide.

Durante el descenso aprovechamos para localizar el itinerario de aproximación a la pared.

A unos doscientos metros de desnivel por encima del refugio, en una marcada curva hacia la izquierda, encontramos dos grandes hitos que señalan el desvío hacia el glaciar del Ailefroide. Aprovechamos la luz del día para memorizar referencias.

La ruta comienza con una travesía hacia la derecha, perdiendo ligeramente altura, hasta alcanzar unas características rocas blancas que permiten cruzar el río. Desde allí se remonta un primer corredor empinado que conduce a unas campas. Después, el itinerario continúa prácticamente en horizontal hasta pasar bajo el inicio de la arista de [...]. A partir de ese punto, hay que seguir flanqueando por terreno complejo, avanzando con cierta intuición y buscando siempre los pasos más evidentes y lógicos hasta alcanzar el glaciar.

Cenamos temprano y, a la 1:15 de la madrugada del martes 15, suena el despertador para desayunar. Compartimos dormitorio con tres parapentistas que pretenden despegar desde el Coolidge. Les deseamos suerte y ellos hacen lo mismo con nuestra escalada.

Antes de partir, hablamos de nuevo con la guarda. Le explicamos que dejaremos allí los sacos, una colchoneta y parte de nuestra ropa y comida para recogerlo todo a la vuelta.

Entonces nos pregunta cuál es nuestro plan. Le contamos que intentaremos progresar por la pared durante toda la jornada, vivaquear en altura y completar la vía al día siguiente. Después descenderemos por la vertiente sur hasta el refugio de la Selle.

Escucha atentamente y, antes de despedirse, nos dice que espera recibir nuestra llamada desde el refugio de la Selle, como muy tarde, el miércoles por la tarde. Si no recibe noticias nuestras, comenzará a preocuparse. También nos comenta que seguirá nuestra progresión por la montaña con sus prismáticos.

Partimos a las 2:30 de la madrugada, con los frontales encendidos, y remontamos de nuevo el sendero en dirección al Coolidge hasta alcanzar la curva marcada por los dos grandes hitos. Flanqueamos hacia los grandes bloques, cruzamos el río y remontamos el corredor para seguir el itinerario más lógico, buscando siempre los pasos menos expuestos. Superamos la parte inferior del espolón del Pic de la Temple y continuamos hasta alcanzar el glaciar del Ailefroide, quedando por fin frente a su imponente cara norte.

En apenas dos horas y media alcanzamos el hielo del glaciar. La luz del alba comienza a iluminar la impresionante pared y va revelando poco a poco la magnitud de nuestro objetivo.

Nos equipamos, nos calzamos los crampones y, piolet en mano, nos dirigimos hacia la entrada de la vía, que identificamos claramente por encima de la rimaya.

Superamos la rimaya del vertiginoso glaciar y comenzamos los primeros largos en ensamble por un terreno sencillo (IV grado) y con tendencia hacia la derecha. En la parte final debemos atravesar una canal por la que corre agua y montar la reunión justo al otro lado. La salida de esta reunión resulta delicada: hay pocos agarres y un único pitón como protección. Hay que confiar en los pies y en el equilibrio. Una vez superado el paso, la dificultad disminuye.

Continuamos progresando en ensamble hasta alcanzar una reunión que marca el inicio del gran triángulo o bastión central de roca, cuya cima debemos alcanzar antes de enlazar con la pared principal. A partir de este punto, la vía cambia completamente de carácter y la dificultad aumenta de manera considerable.

Nada más salir de la reunión encuentro un clavo que utilizo como primera protección y, unos metros más arriba, coloco un tascón. Sigo progresando mientras la escalada se vuelve cada vez más exigente. Un paso forzado me obliga a confiar el peso del cuerpo a una pequeña presa cubierta de arenilla. Los dedos de la mano izquierda resbalan y pierdo el apoyo.

El siguiente instante lo recuerdo volando hacia la reunión.

La rápida reacción de Xavi y la resistencia del tascón detienen la caída antes de que llegue a golpear la repisa. Menos mal que estaba colocado, porque el pitón ha saltado.

Recupero el aliento, reúno fuerzas y continúo con el largo.

Seguimos avanzando, aprovechando al máximo la longitud de la cuerda en cada tirada. Los largos se suceden uno tras otro y la escalada exige una combinación constante de intuición y lógica para descubrir el itinerario imaginado por los primeros ascensionistas. La vía apenas cuenta con seguros ni reuniones equipadas, por lo que debemos buscar continuamente el filo de la gran pirámide central, evitando al mismo tiempo los pasos más expuestos.

Alcanzamos una extensa zona de placas grises que nos obliga a progresar durante varios largos sin apenas posibilidad de protección, afrontando secciones de hasta 6a.

Cada vez estamos más cerca de la cima de esta interminable pirámide. En un punto concreto aparece una separación entre la arista y la pared principal. Solo veo una solución: realizar un largo paso lateral, extremadamente expuesto, sobre unas placas que a primera vista parecen no ofrecer ninguna presa. Sin embargo, una vez comprometido con el movimiento, aparecen las rugosidades justas para progresar.

Continuamos buscando el filo de la arista hasta alcanzar finalmente su punto más alto. Allí surge un nuevo problema: no vemos cómo pasar a la pared principal.

La solución consiste en descender ligeramente y realizar una larga y aérea zancada para superar el vacío que separa la pirámide de la pared. El paso inaugura la segunda parte de la ruta. Hay que encontrar una presa para una mano y progresar inmediatamente por una pared vertical completamente desprovista de seguros.

Seguimos por nuevas placas grises y exigentes hasta alcanzar una zona de III grado, muy descompuesta, que da acceso a la travesía de entrada de la famosa chimenea húmeda o helada. En nuestro caso, el agua corre abundantemente por su interior.

Afronto este largo con las últimas luces del día. La chimenea resulta extremadamente expuesta y la presencia constante de agua aumenta notablemente la dificultad. Apenas dos pitones protegen los pasos más delicados, especialmente la salida del primer tramo, donde un paso extraplomado me obliga a protegerme con el Camalot nº 2.

La exigencia física y mental es máxima. La oscuridad ya es total en el interior de la chimenea cuando me quedo sin material. El segundo tramo, de unos veinticinco metros, debo recorrerlo sin posibilidad de colocar ninguna protección. La roca está húmeda, cubierta de arenilla, y exige toda mi concentración.

Finalmente alcanzo la salida y accedo a una amplia repisa horizontal. Allí monto la reunión con dos pitones y un friend. La reseña la señala como un lugar adecuado para vivaquear.

Aseguro a Xavi, que llega iluminado únicamente por la luz de su frontal.

No hay dudas: aquel vivac parece seguro.

Llevamos cerca de ochocientos metros escalados y apenas nos separan doscientos metros de la cumbre del Ailefroide, situada a 3.940 metros de altitud.

El peso de las cargadas mochilas ha acabado haciendo mella y estamos agotados. Es hora de recuperar fuerzas comiendo algo y bebiendo.

Lleno el Jetboil con un poco de nieve acumulada en la repisa y preparamos un liofilizado para compartir. No tenemos agua y yo apenas conservo algo más de medio litro. Mejor guardarla para mañana, por si no encontramos más nieve.

Cortamos la esterilla por la mitad y nos repartimos una parte cada uno. Después de ordenar el material y colgarlo de la reunión, nos tumbamos, nos abrigamos y nos introducimos en las ligeras fundas de vivac.

La noche es oscura, pero tranquila. No hace viento. Las estrellas brillan sobre nosotros y me entretengo contemplando la Osa Mayor y la inmensidad del universo.

Poco a poco me relajo, pegado a la pared, y voy durmiendo a trompicones, cambiando continuamente de posición. Alguna piedra aislada que cae del glaciar colgante de la derecha me despierta de vez en cuando, pero nuestra ubicación parece segura y nada me hace sospechar lo que está a punto de ocurrir.

De repente, un fuerte estruendo rompe la noche. Apenas tengo tiempo de reaccionar cuando las primeras rocas impactan contra mi cuerpo. Un golpe brutal alcanza ambas piernas. La sacudida es tan violenta que llego a pensar que me ha seccionado la pierna derecha.

La lluvia de piedras continúa.

Otra roca me golpea en el pecho y me deja sin respiración. Después llegan impactos en la cabeza, los hombros, la espalda y las piernas. Me cubro la cabeza con los brazos, pero una piedra alcanza de lleno mi mano derecha y me la deja completamente entumecida.

El tiempo parece detenerse. Estoy convencido de que, tarde o temprano, llegará el golpe definitivo.

Por fin, todo cesa.

Entonces escucho la voz de Xavi en la oscuridad.

—¿Estás bien, Francisco? ¿Estás bien?

Intento responder, pero apenas puedo respirar.

—Estoy vivo... pero no sé qué le ha pasado a mi pierna. Casi no la siento.

Muevo los dedos de los pies y siento un enorme alivio al comprobar que responden. Al menos, eso parece indicar que la lesión no es tan grave como había imaginado.

Le digo a Xavi que estoy herido y le pregunto cómo se encuentra él.

—Tengo algunos golpes, pero nada importante —me responde.

Recupero poco a poco el aliento y consigo incorporarme. Mi gorro está empapado de sangre y descubro un profundo corte en la mano derecha, justo sobre el nudillo del dedo corazón, que deja el tendón al descubierto. La movilidad es buena y eso me tranquiliza.

Evaluamos la situación. Xavi observa que las cuerdas han resultado dañadas.

—Voy a llamar al 112. Necesitamos ayuda. Así no podemos continuar.

Le pido que espere.

Antes quiero examinar la herida de la pierna.

Me quito el calcetín, empapado de sangre, y descubro un corte profundo y limpio justo por encima del tobillo.

Saco el botiquín y, con la ayuda de Xavi, me realizo una primera cura en la pierna y en la mano. Limpiamos las heridas con suero, aplicamos apósitos estériles y las protegemos con un vendaje sólido.

Cuando terminamos, ya ha amanecido.

Xavi intenta llamar al 112, pero no tenemos cobertura. El teléfono muestra el mensaje «solo llamadas de emergencia», pero no consigue conectarse a ninguna red. Lo intento también con mi móvil, fuerzo la búsqueda manual e incluso pruebo configurando únicamente redes 2G, pero no obtenemos ningún resultado.

Estamos aislados y sin posibilidad de avisar.

Durante unos minutos me planteo, de forma totalmente irreal, continuar escalando y salir por nuestros propios medios.

Xavi me devuelve rápidamente a la realidad.

—No estás en condiciones de seguir escalando. Lo más prudente es esperar. Si la guarda del refugio nos localiza con los prismáticos o no recibe noticias nuestras esta tarde desde el refugio de la Selle, avisará al 112.

Tiene razón.

Sin embargo, eso significa pasar todo el día y otra noche más en la pared, esperando que alguien nos vea o dé la alarma. En el mejor de los casos, no podrían rescatarnos hasta el jueves.

Las horas transcurren lentamente. Nos alejamos de la zona donde cayeron las rocas y nos instalamos junto a la chimenea, en un lugar algo más protegido, aunque mucho más incómodo. Allí solo podemos permanecer sentados, con la espalda apoyada en la pared.

Al mediodía decido desplazarme hasta un pequeño espolón rocoso para intentar llamar la atención de la guarda. Agito la colchoneta amarilla y plateada con la esperanza de que pueda verme desde el refugio.

Xavi me releva al cabo de un rato, pero finalmente abandonamos el intento sin ningún resultado.

Regresamos a nuestro rincón, siempre asegurados a la reunión.

En el horizonte comienzan a crecer grandes cumulonimbos que nos hacen pensar que la tarde puede ser complicada. La previsión meteorológica ya anunciaba tormentas.

Deben de ser las seis de la tarde cuando decidimos comer algo. No hemos bebido ni probado bocado desde la noche anterior.

Con parte del agua de Xavi, mientras yo sigo reservando mi medio litro por si acaso, preparamos un liofilizado para compartir.

Vertemos el agua caliente sobre el envase de cuscús y compartimos una única cuchara. Dos cucharadas para uno, dos para el otro.

Apenas hemos empezado a comer cuando la tormenta se aproxima y el aparato eléctrico comienza a descargar con fuerza.

Empieza a granizar.

Seguimos comiendo como podemos, protegidos únicamente por el cortavientos y la funda de vivac.

Los truenos retumban con violencia y las paredes actúan como una gigantesca caja de resonancia, haciéndonos sentir todavía más pequeños en nuestro precario refugio.

De repente, un relámpago impacta en la parte alta de la pared.

Instantes después, una nueva avalancha de rocas se precipita hacia nosotros.

Nos pegamos a la roca intentando protegernos. Algunas piedras, del tamaño de un microondas, pasan a escasos centímetros de nuestras cabezas.

El tiempo vuelve a detenerse.

La pared parece empeñada en no dejarnos escapar de aquella ratonera.

Las piedras golpean nuestros cuerpos y nuestros cascos. Durante unos segundos estoy convencido de que esta vez no saldremos de ahí.

Entonces escucho un golpe seco seguido del grito de dolor de Xavi.

Le pregunto si está bien, pero apenas puede responder.

Una gran laja le ha golpeado la espalda y le ha arrancado un buen trozo de la chaqueta de Gore-Tex.

La caída de piedras finalmente cesa, aunque la tormenta y la granizada continúan.

Me incorporo. Xavi recupera poco a poco el aliento.

—¿Estás bien?

—Sí... pero me duele muchísimo la espalda.

Toda la repisa ha quedado cubierta por una capa de granizo.

Entonces me doy cuenta de algo.

—¿Dónde está mi mochila? Ahí llevaba el botiquín, el agua, la comida, el material de escalada, los crampones y el piolet.

Xavi me muestra un trozo del coordino roto con el que estaba asegurada a la reunión.

La mochila ha desaparecido.

Alguna de las rocas la arrancó de cuajo y la lanzó al vacío junto con todo su contenido.

Ahora ya no tenemos agua, ni comida, ni hornillo, ni material de escalada.

La situación acaba de empeorar de forma dramática.

La reunión también ha resultado dañada. Los dos pitones y el friend han aguantado, pero uno de los pitones está prácticamente fuera de la roca, uno de los anillos de cuerda ha quedado casi seccionado, varios mosquetones aparecen deformados y uno de los piolets está roto. Las dos cuerdas también presentan daños importantes.

La situación es tensa. Este segundo derrumbe confirma que nos encontramos en una zona extremadamente expuesta a nuevos desprendimientos. Además, ahora ya no tenemos ninguna posibilidad de salir por nuestros propios medios.

La tormenta ha remitido, aunque la atmósfera sigue siendo inestable.

Decido recoger con una cuchara las pequeñas bolas de granizo acumuladas en la repisa y llenar parcialmente una de las cantimploras, a la que aún le queda un pequeño fondo de agua.

Mientras recojo el granizo, pienso que quizá la guarda del refugio, al ver la violencia de la tormenta, haya decidido comprobar si seguimos bien.

Me dirijo al extremo de la repisa, donde comienza una chimenea, y enciendo el frontal en modo SOS, con la luz roja parpadeando. Mantengo la posición durante un buen rato, con la esperanza de que pueda verme. Finalmente desisto y regreso junto a Xavi, aunque antes debatimos cuál puede ser el lugar más seguro para pasar la noche.

Comento que el pie de la chimenea parece más protegido, pero el riesgo de caída de piedras nos hace descartar esa opción.

Al final regresamos al lugar donde estábamos y excavamos un pequeño hueco en la gravilla de la repisa para poder sentarnos con algo más de comodidad.

Aunque el emplazamiento parece algo más protegido frente a los desprendimientos, está muy expuesto al viento y a la tormenta.

Nos acomodamos como podemos en nuestro precario refugio y comentamos que, si la guarda no nos ha visto, será al día siguiente cuando dé la alarma, al no recibir noticias nuestras desde el refugio de la Selle.

Las dudas empiezan a aparecer. Especulamos sobre si la guarda recordará nuestro plan o si alguna circunstancia imprevista, teniendo además a un bebé a su cargo, la ha obligado a abandonar temporalmente el refugio sin poder informar de nuestra actividad.

En ese caso habría que esperar a que Ana, mi mujer, que conoce perfectamente nuestros planes, empezara a preocuparse al no tener noticias nuestras el viernes. Eso complicaría enormemente la situación y podría obligarnos a pasar, en el mejor de los casos, un día más y un tercer vivac en la pared, heridos, sin comida y prácticamente sin agua.

Mientras la incertidumbre se apodera de nosotros, escuchamos el sonido lejano de un motor en el fondo del valle.

Deben de ser cerca de las siete de la tarde.

Nos ponemos en pie de un salto y encendemos los frontales en modo SOS.

A lo lejos distinguimos los colores rojo y amarillo del helicóptero de rescate.

Una descarga de adrenalina recorre nuestros cuerpos. Comenzamos a agitar el trozo de colchoneta que aún conservamos y levantamos los brazos en forma de Y, la señal internacional de socorro.

El helicóptero nos ha visto.

Empieza a aproximarse para evaluar las condiciones del rescate.

Las ráfagas de viento son muy fuertes y el piloto tiene dificultades para mantener la aeronave estable.

En un primer intento trata de apoyar los patines sobre un pequeño resalte de la arista que arranca junto a nuestra repisa. El rescatador ya tiene la puerta abierta y está preparado para saltar. Mientras tanto, yo no dejo de hacer gestos para advertirles del peligro de los desprendimientos. El aire impulsado por el rotor golpea la pared con fuerza y temo que pueda provocar la caída de nuevas rocas sobre las hélices.

Finalmente, el piloto aborta la maniobra y se retira hacia el valle en busca de condiciones más favorables.

En un segundo intento intenta colocarse sobre nuestra vertical para realizar una operación con grúa. El rescatador ya está suspendido del cable, con medio cuerpo fuera de la cabina, cuando una violenta ráfaga desplaza bruscamente el helicóptero varios metros e impulsa al rescatador de vuelta al interior.

Con una maniobra rápida y precisa, el piloto recupera el control y se aleja nuevamente de la pared.

Resulta evidente que el fuerte viento está complicando enormemente unas maniobras que ya son extremadamente delicadas debido a nuestra ubicación.

Durante una tercera aproximación, el rescatador nos comunica mediante una señal con los brazos que el rescate es imposible. Después nos indica con gestos que intentemos pasar la noche y que regresarán al día siguiente.

El esperado helicóptero desaparece valle abajo mientras el ocaso se adueña de la montaña.

Nos sentimos aliviados porque nos han localizado, pero también preocupados. Sabemos perfectamente que seguimos expuestos a nuevos derrumbes.

Regresamos a la repisa y nos acomodamos en el incómodo agujero que hemos excavado. Sentados, con la espalda torcida por la irregularidad de la roca, nos preparamos para afrontar otra larga noche.

La tormenta vuelve a desarrollarse sobre el macizo. Los rayos iluminan periódicamente las oscuras paredes del Ailefroide y los truenos retumban por todo el circo de montaña.

Las nubes pasan veloces y, de vez en cuando, algún claro deja entrever la inmensidad del firmamento.

Los minutos parecen eternos. El tiempo deja de medirse en horas para convertirse en una experiencia puramente emocional.

En varias ocasiones vuelven a caer piedras. Instintivamente recogemos las piernas todo lo posible. Una de ellas pasa tan cerca que casi golpea mi pie izquierdo.

Después regresa el silencio. Al menos el de las piedras, porque el viento continúa azotándonos sin descanso.

Cada ráfaga nos arranca un escalofrío y se lleva parte del escaso calor que conseguimos conservar.

Comentamos que, con esas condiciones, el helicóptero difícilmente podrá rescatarnos a la mañana siguiente. Sin embargo, confiamos en que el viento termine amainando.

Humedecemos nuestras gargantas con pequeños sorbos de agua helada de la cantimplora, donde el granizo aún no se ha derretido por completo. Tratamos de dormir, pero el viento y la tensión permanente ante un posible desprendimiento lo hacen casi imposible.

Poco a poco, la interminable noche comienza a retirarse. Los primeros rayos de sol anuncian un nuevo día.

Especulamos sobre cuándo regresarán a buscarnos. Como si fuéramos dos improvisados anemómetros, medimos el paso del tiempo observando la intensidad de cada ráfaga de viento.

Son las ocho de la mañana cuando volvemos a escuchar el inconfundible sonido del helicóptero.

Esta vez el viento ha disminuido considerablemente.

Nos preparamos mientras el piloto logra mantener la aeronave perfectamente estacionaria. Con una maniobra impecable, el gruista desciende al rescatador por el cable hasta depositarlo sobre un pequeño resalte de la arista, frente a nuestra repisa. Después, el helicóptero se retira momentáneamente.

El rescatador lleva colgado un taladro portátil que utiliza para instalar dos parabolts de anclaje rápido y montar una sólida reunión.

Esperamos encordados hasta que me hace una señal para que me acerque. Xavi insiste en que pase yo primero.

Una vez junto a él, avisa al piloto para que regrese.

El helicóptero se posiciona sobre nuestra vertical y el gruista descuelga el gancho junto con un fino cable de guía para facilitar la maniobra.

Pocos segundos después estoy conectado al sistema de rescate, junto con la mochila de Xavi, y comienzo a elevarme sobre el vacío.

El gruista me ayuda a entrar en la cabina y me asegura en un asiento.

Me sonríe.

Por primera vez en muchas horas siento que realmente vamos a salir de allí.

Poco después repiten la operación con Xavi y el rescatador.

Cuando los veo entrar en la cabina, una inmensa sensación de alivio y gratitud recorre todo mi cuerpo.

Miro por última vez la gigantesca cara norte del Ailefroide y aquella pequeña repisa donde hemos pasado dos noches y treinta y siete horas que jamás olvidaremos.

El helicóptero se dirige después al refugio para recoger al médico y la camilla. Allí nos espera Marie. Una breve mirada es suficiente para transmitirle todo nuestro agradecimiento.

Ahora sí.

El helicóptero recorre el valle y nos deja finalmente en la base del CRS Grenoble, en Les Deux Alpes.

Estamos salvados.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a los equipos de rescate franceses por su extraordinaria profesionalidad, humanidad y empatía. También a Marie, guarda del refugio Temple-Écrins, por la responsabilidad y el compromiso con los que siguió nuestra actividad. Y, por supuesto, a Ana, mi mujer, por su comprensión, paciencia y apoyo durante toda la segunda parte de este rescate, así como el apoyo y consejos de Paula -futura médico- y Hèctor en toda la recuperación.

Y, de manera muy especial, a mi compañero de cordada, Xavier Aymar, cuya calma, paciencia, serenidad, calidez humana y buen criterio fueron fundamentales durante las largas horas de incertidumbre vividas en la pared. En situaciones como aquella, las cualidades técnicas son importantes, pero las humanas resultan decisivas.

Xavier Aymar y Francisco Carmona (Ciscu)
Ailefroide, julio de 2026

AILEFROIDE

Trenta-set hores a una repisa

Són les cinc de la matinada i la fosca nit transcorre tranquil·la a l’interior del meu petit refugi, format per una lleugera capa tèxtil que amb prou feines em cobreix el cap. La meva funda de Bivac Baude, de només 110 grams i regal d’en Xavi, compleix a la perfecció aquest difícil equilibri entre pes i confort tan desitjat a la muntanya. La petita repisa i la meitat de la màrfega que vam tallar ahir a la nit constitueixen el llit i el matalàs que ens permeten recuperar-nos, entre capcinada i capcinada, dels vuit-cents metres d’escalada de la jornada anterior.

De sobte, un gran estrèpit trenca el silenci i una pluja de roques impacta contra el meu vulnerable refugi, arrencant-me de cop del meu son lleuger però reparador. La respiració se m’atura i els successius impactes em fan pensar que tot s’ha acabat...

És dissabte, 11 de juliol, i, com de costum, ens disposem a dedicar una setmana a una de les nostres grans passions: escalar alguna cara nord dels Alps. Aquesta vegada, després de donar-hi moltes voltes i valorar les excepcionals condicions climàtiques que patim des del mes de juny, amb una onada de calor que sembla haver-se instal·lat de manera permanent a Europa i que ha fet pujar els termòmetres fins als quaranta graus, hem de replantejar-nos els plans.

La nord del Dru haurà d’esperar. Les notícies que arriben de Chamonix, amb una isoterma zero fregant els 5.000 metres, desaconsellen totalment les rutes orientades al nord a causa de l’escalfament del permafrost.

El permafrost és una barreja gelada de terra, roca i gel que actua com un ciment natural i que ha modelat, durant milers d’anys, la morfologia actual de les muntanyes per damunt dels 3.000 metres. En condicions normals, la isoterma zero amb prou feines supera aquesta cota. Només ho fa en comptades ocasions o durant algunes hores del dia, quan la incidència solar arriba temporalment a les ombrívoles i fredes cares nord.

Ja fa gairebé quinze anys que, juntament amb el meu gran amic i alpinista Pepe Cabo, vaig intentar escalar la cara nord de l’Ailefroide per la via Devies-Gervasutti. També era juliol i, en aquella ocasió, les condicions tampoc no van ser bones; la muntanya encara conservava massa neu. Per aquest motiu vam decidir recórrer l’aresta Costa Rouge de l’Ailefroide. Tot i això, la contemplació d’aquella gegantina paret de mil metres, coneguda com la Walker dels Écrins, em va deixar fascinat i amb el ferm propòsit de tornar-hi algun dia per intentar escalar-la.

Abans fins i tot de marxar, ja havíem decidit que l’objectiu principal d’aquesta sortida seria precisament la cara nord de l’Ailefroide per la via Devies-Gervasutti, situada al Parc Nacional dels Écrins.

Després d’estudiar les condicions, vam considerar que podia ser una bona elecció. Les altes temperatures haurien assecat una paret que normalment s’escala a l’agost i, a més, el seu itinerari no està amenaçat per glaceres penjades. Sobre el paper, semblava una ascensió relativament segura i poc exposada als grans despreniments.

Després d’un llarg i calorós viatge per les autopistes franceses, vam arribar dissabte a la tarda a la vall d’Oisans, al Parc Nacional dels Écrins. El nostre objectiu era arribar a La Bérarde, l’històric poble situat al fons de la vall, però aviat vam descobrir que l’accés amb vehicle privat estava prohibit.

Vam fer mitja volta i, després d’informar-nos a l’oficina de turisme, ens vam instal·lar al càmping Le Champ du Moulin, a Vénosc. Allí vam comprar els bitllets de l’autobús que, l’endemà al matí, ens deixaria a l’entrada de La Bérarde.

La raó d’aquesta restricció era evident. L’any 2024, el poble va patir una devastadora allau d’aigua, fang, terra, roques, neu i gel que va sepultar gran part de les edificacions sota enormes blocs de pedra i va destruir bona part de la carretera d’accés. El desastre va transformar radicalment la fesomia de la vall i d’aquest poble amb més de cent seixanta anys d’història. Afortunadament, no hi va haver víctimes mortals i prop de dues-centes persones que es trobaven al poble i al càmping van poder ser evacuades pels serveis de rescat.

Des del càmping, en Xavi va trucar al refugi Temple-Écrins per intentar reservar una nit, però la guardiana li va comunicar que no quedaven places.

Amb totes les gestions fetes, vam preparar les motxilles i ens vam asseure a la terrassa del bar del càmping per sopar unes pizzes. Tot just havíem començat quan una típica tempesta d’estiu ens va obligar a refugiar-nos a l’interior del local per acabar-nos-les.

L’endemà al matí vam deixar el cotxe a l’aparcament i vam agafar l’autobús en direcció a La Bérarde. En arribar-hi, vam comprovar de primera mà la magnitud de la devastació.

Moltes cases continuaven destruïdes o mig enterrades entre enormes blocs de pedra. El càmping municipal, on tantes vegades havíem acampat, ja no existia. Tampoc la pizzeria ni la Maison de la Montagne. L’alberg del CAF i l’Hotel de la Meije continuaven tancats i abandonats. Tot i així, alguns habitatges havien resistit i els seus propietaris havien tornat per reconstruir les seves vides, col·locant cartells que reclamaven la recuperació del poble.

Vam travessar el riu per un pont provisional recolzat sobre contenidors metàl·lics i vam seguir el nou sender, traçat per esquivar els barrancs i els enormes blocs de pedra que havien esborrat part de l’antic camí.

Poc després vam arribar al refugi du Carrelet. Mentre bevíem i omplíem les cantimplores a la seva característica font, vam aixecar la vista i vam contemplar per primera vegada el nostre objectiu.

Allí era.

La immensa cara nord de l’Ailefroide dominava la vall amb una presència tan majestuosa com intimidant. Després de tants anys pensant-hi, per fi tindria l’oportunitat d’intentar-la.

Vam preguntar al guarda per les condicions de la via, però ens va respondre que les desconeixia i que aquell refugi rebia més excursionistes i turistes que no pas alpinistes.

No teníem clar si dirigir-nos directament al bivac del coll de Costa Rouge, remuntant la seva abrupta vall, o bé passar abans pel refugi Temple-Écrins per informar-nos de les condicions i fins i tot bivaquejar als seus voltants. En Xavi insistia que era millor passar pel refugi i, finalment, això és el que vam fer.

La pujada va resultar feixuga sota les altes temperatures i no hi vam arribar fins ben passat el migdia.

Només arribar, vam trobar tres dones i un nadó asseguts al voltant d’una taula, pelant patates i verdures per al sopar. Vam preguntar a la guardiana, mare del petit, per les condicions de la cara nord de l’Ailefroide. Ens va explicar que durant els darrers dies hi havien descarregat diverses tempestes i que seria recomanable esperar una jornada més perquè la paret acabés d’assecar-se i així evitar trobar-hi verglas o massa humitat a les fissures de sortida.

Li vam preguntar si hi havia places per dormir i, en un primer moment, ens va respondre que no. També vam aprofitar per demanar-li si podríem sopar-hi. Al cap d’uns minuts va tornar amb millors notícies: havia aconseguit trobar-nos allotjament.

Vam decidir quedar-nos-hi dues nits.

Amb un dia extra per davant, vam buscar alguna activitat que ens permetés aclimatar-nos sense fer un esforç excessiu. L’ascensió al pic Coolidge ens va semblar una bona opció.

Dilluns ens posem en marxa a dos quarts de quatre de la matinada. Per davant ens esperen uns 1.400 metres de desnivell i una senzilla grimpada de III grau. L’esforç té recompensa.

Des del cim gaudim d’una magnífica panoràmica de la Barre des Écrins i del seu Pilar Sud, que ja vaig escalar fa anys amb en Pepe; de la glacera Noir; de l’aresta Costa Rouge i, és clar, de la cara nord de l’Ailefroide.

Durant el descens aprofitem per localitzar l’itinerari d’aproximació a la paret.

Uns dos-cents metres de desnivell per sobre del refugi, en un marcat revolt cap a l’esquerra, trobem dues grans fites que assenyalen el desviament cap a la glacera de l’Ailefroide. Aprofitem la llum del dia per memoritzar les referències.

La ruta comença amb una travessa cap a la dreta, perdent lleugerament alçada, fins a arribar a unes característiques roques blanques que permeten travessar el riu. Des d’allà es remunta un primer corredor costerut que mena a unes feixes herboses. Després, l’itinerari continua pràcticament en horitzontal fins a passar per sota de l’inici de l’aresta del Pic de la Temple. A partir d’aquell punt, cal continuar flanquejant per un terreny complex, avançant amb una certa intuïció i buscant sempre els passos més evidents i lògics fins a arribar a la glacera.

Sopem d’hora i, a la 1.15 de la matinada de dimarts 15, sona el despertador per esmorzar. Compartim dormitori amb tres parapentistes que pretenen enlairar-se des del Coolidge. Els desitgem sort i ells fan el mateix amb la nostra escalada.

Abans de marxar, tornem a parlar amb la guardiana. Li expliquem que hi deixarem els sacs, una estoreta i part de la roba i del menjar per recollir-ho tot a la tornada.

Aleshores ens pregunta quin és el nostre pla. Li expliquem que intentarem progressar per la paret durant tota la jornada, fer bivac en alçada i completar la via l’endemà. Després baixarem pel vessant sud fins al refugi de la Selle.

Ens escolta atentament i, abans d’acomiadar-se, ens diu que espera rebre la nostra trucada des del refugi de la Selle, com a molt tard, dimecres a la tarda. Si no rep notícies nostres, començarà a preocupar-se. També ens comenta que seguirà la nostra progressió per la muntanya amb els seus prismàtics.

Sortim a les 2.30 de la matinada, amb els frontals encesos, i remuntem de nou el sender en direcció al Coolidge fins a arribar al revolt marcat per les dues grans fites. Flanquegem cap als grans blocs, travessem el riu i Remuntem el corredor per seguir l’itinerari més lògic, buscant sempre els passos menys exposats. Superem la part inferior de l’esperó i continuem fins a assolir la glacera de l’Ailefroide, quedant finalment davant de la seva imponent cara nord.

En tot just dues hores i mitja arribem al gel de la glacera. La llum de l’alba comença a il·luminar la impressionant paret i va revelant a poc a poc la magnitud del nostre objectiu.

Ens equipem, ens calcem els grampons i, piolet en mà, ens dirigim cap a l’entrada de la via, que identifiquem clarament per sobre de la rimaia.

Superem la rimaia de la vertiginosa glacera i iniciem els primers llargs a l’ensamble per un terreny senzill (IV grau) i amb tendència cap a la dreta. A la part final hem de travessar una canal per on baixa aigua i muntar la reunió just a l’altra banda. La sortida d’aquesta reunió resulta delicada: hi ha poques preses i un únic pitó com a protecció. Cal confiar en els peus i en l’equilibri. Un cop superat el pas, la dificultat disminueix.

Continuem progressant a l’ensamble fins a arribar a una reunió que marca l’inici del gran triangle o bastió central de roca, el cim del qual hem d’assolir abans d’enllaçar amb la paret principal. A partir d’aquest punt, la via canvia completament de caràcter i la dificultat augmenta de manera considerable.

Tot just sortir de la reunió trobo un pitó que utilitzo com a primera protecció i, uns metres més amunt, col·loco un tascó. Continuo avançant mentre l’escalada esdevé cada vegada més exigent. Un pas forçat m’obliga a confiar tot el pes del cos a una petita presa coberta de sorreta. Els dits de la mà esquerra rellisquen i perdo el suport.

L’instant següent el recordo volant cap a la reunió.

La ràpida reacció d’en Xavi i la resistència del tascó aturen la caiguda abans que arribi a impactar contra la lleixa. Sort del tascó, perquè el pitó ha saltat.

Recupero l’alè, aplego forces i continuo amb el llarg.

Seguim avançant, aprofitant al màxim la longitud de la corda en cada tirada. Els llargs se succeeixen l’un rere l’altre i l’escalada exigeix una combinació constant d’intuïció i lògica per descobrir l’itinerari imaginat pels primers ascensionistes. La via pràcticament no disposa d’assegurances fixes ni de reunions equipades, de manera que hem de buscar contínuament el fil de la gran piràmide central, evitant alhora els passos més exposats.

Arribem a una extensa zona de plaques grises que ens obliga a progressar durant diversos llargs sense gairebé cap possibilitat de protecció, afrontant trams de fins a 6a.

Cada vegada som més a prop del cim d’aquesta interminable piràmide. En un punt concret apareix una separació entre l’aresta i la paret principal. Només hi veig una solució: fer un llarg pas lateral, extremadament exposat, sobre unes plaques que, a primer cop d’ull, semblen no oferir cap presa. Tanmateix, un cop compromès amb el moviment, apareixen les rugositats justes per poder progressar.

Continuem buscant el fil de l’aresta fins a arribar finalment al seu punt més alt. Allà sorgeix un nou problema: no veiem com passar a la paret principal.

La solució consisteix a baixar lleugerament i fer una llarga i aèria gambada per superar el buit que separa la piràmide de la paret. Aquest pas inaugura la segona part de la ruta. Cal trobar una presa per a una mà i progressar immediatament per una paret vertical completament desproveïda d’assegurances.

Continuem per noves plaques grises i exigents fins a arribar a una zona de III grau, molt descomposta, que dona accés a la travessa d’entrada de la famosa xemeneia humida o gelada. En el nostre cas, l’aigua hi corre abundantment.

Afronto aquest llarg amb les darreres llums del dia. La xemeneia resulta extremadament exposada i la presència constant d’aigua n’augmenta notablement la dificultat. Amb prou feines dos pitons protegeixen els passos més delicats, especialment la sortida del primer tram, on un pas extraplomat m’obliga a protegir-me amb el Camalot número 2.

L’exigència física i mental és màxima. La foscor ja és absoluta a l’interior de la xemeneia quan em quedo sense material. El segon tram, d’uns vint-i-cinc metres, l’he de recórrer sense possibilitat de col·locar cap protecció. La roca és humida, està coberta de sorreta i exigeix tota la meva concentració.

Finalment arribo a la sortida i accedeixo a una àmplia lleixa horitzontal. Allà munto la reunió amb dos pitons i un friend. La ressenya l’assenyala com un lloc adequat per fer-hi bivac.

Asseguro en Xavi, que arriba il·luminat únicament per la llum del seu frontal.

No hi ha dubtes: aquell bivac sembla segur.

Portem prop de vuit-cents metres escalats i només ens separen dos-cents metres del cim de l’Ailefroide, situat a 3.940 metres d’altitud.

El pes de les motxilles carregades acaba passant factura i estem esgotats. És hora de recuperar forces menjant alguna cosa i bevent.

Omplo el Jetboil amb una mica de neu acumulada a la lleixa i preparem un liofilitzat per compartir. No tenim aigua i jo amb prou feines conservo una mica més de mig litre. Millor guardar-la per a l’endemà, per si no trobem més neu.

Tallem l’estoreta per la meitat i ens en repartim una part cadascun. Després d’ordenar el material i penjar-lo de la reunió, ens estirem, ens abriguem i ens introduïm a les lleugeres fundes de bivac.

La nit és fosca, però tranquil·la. No fa vent. Les estrelles brillen damunt nostre i m’entretinc contemplant l’Óssa Major i la immensitat de l’univers.

A poc a poc em relaxo, recolzat contra la paret, i vaig dormint a estones, canviant contínuament de posició. Alguna pedra aïllada que cau de la glacera penjada de la dreta em desperta de tant en tant, però la nostra ubicació sembla segura i res em fa sospitar el que està a punt de passar.

De sobte, un fort estrèpit trenca la nit. Amb prou feines tinc temps de reaccionar quan les primeres roques impacten contra el meu cos. Un cop brutal em colpeja ambdues cames. La sotragada és tan violenta que arribo a pensar que m’ha seccionat la cama dreta.

La pluja de pedres continua.

Una altra roca em colpeja al pit i em deixa sense respiració. Després arriben impactes al cap, a les espatlles, a l’esquena i a les cames. Em protegeixo el cap amb els braços, però una pedra colpeja de ple la mà dreta i me la deixa completament adormida.

El temps sembla aturar-se.

Estic convençut que, tard o d’hora, arribarà el cop definitiu.

Finalment, tot s’atura.

Aleshores sento la veu d’en Xavi en la foscor.

—Estàs bé, Francisco? Estàs bé?

Intento respondre, però amb prou feines puc respirar.

—Soc viu... però no sé què li ha passat a la cama. Gairebé no la sento.

Moc els dits dels peus i sento un enorme alleujament en comprovar que responen. Com a mínim, això sembla indicar que la lesió no és tan greu com havia imaginat.

Li dic a en Xavi que estic ferit i li pregunto com es troba ell.

—Tinc alguns cops, però res greu —em respon.

Recupero a poc a poc l’alè i aconsegueixo incorporar-me. El meu gorro està xop de sang i descobreixo un tall profund a la mà dreta, just sobre el nus del dit del cor, que deixa el tendó al descobert. La mobilitat és bona i això em tranquil·litza.

Avaluem la situació. En Xavi observa que les cordes han quedat malmeses.

—Trucaré al 112. Necessitem ajuda. Així no podem continuar.

Li demano que esperi.

Abans vull examinar-me la ferida de la cama.

Em trec el mitjó, xop de sang, i descobreixo un tall profund i net just per sobre del turmell.

Trec la farmaciola i, amb l’ajuda d’en Xavi, em faig una primera cura a la cama i a la mà. Netegem les ferides amb sèrum, hi apliquem apòsits estèrils i les protegim amb un embenat sòlid.

Quan acabem, ja ha sortit el sol.

En Xavi intenta trucar al 112, però no tenim cobertura. El telèfon mostra el missatge «només trucades d’emergència», però no aconsegueix connectar-se a cap xarxa. També ho intento amb el meu mòbil, forço la cerca manual i fins i tot provo configurant únicament xarxes 2G, però no obtenim cap resultat.

Estem aïllats i sense possibilitat d’avisar ningú.

Durant uns minuts em plantejo, de manera completament irreal, continuar escalant i sortir pels nostres propis mitjans.

En Xavi em fa tornar ràpidament a la realitat.

—No estàs en condicions de continuar escalant. El més prudent és esperar. Si la guarda del refugi ens localitza amb els prismàtics o no rep notícies nostres aquesta tarda des del refugi de la Selle, avisarà el 112.

Té raó.

Tanmateix, això significa passar tot el dia i una altra nit més a la paret, esperant que algú ens vegi o doni l’alarma. En el millor dels casos, no ens podrien rescatar fins dijous.

Les hores transcorren lentament. Ens allunyem de la zona on han caigut les pedres i ens instal·lem al costat de la xemeneia, en un lloc una mica més protegit, encara que molt més incòmode. Allà només podem romandre asseguts, amb l’esquena recolzada a la paret.

Al migdia decideixo desplaçar-me fins a un petit esperó rocós per intentar cridar l’atenció de la guarda. Agito la màrfega groga i platejada amb l’esperança que em pugui veure des del refugi.

En Xavi em relleva al cap d’una estona, però finalment abandonem l’intent sense cap resultat.

Tornem al nostre racó, sempre assegurats a la reunió.

A l’horitzó comencen a créixer grans cumulonimbus que ens fan pensar que la tarda pot ser complicada. La previsió meteorològica ja anunciava tempestes.

Deuen ser les sis de la tarda quan decidim menjar alguna cosa. No hem begut ni tastat res des de la nit anterior.

Amb part de l’aigua d’en Xavi, mentre jo continuo reservant el meu mig litre per si de cas, preparem un liofilitzat per compartir.

Aboquem l’aigua calenta sobre l’envàs de cuscús i compartim una única cullera. Dues cullerades per a un, dues per a l’altre.

Tot just hem començat a menjar quan la tempesta s’acosta i l’aparell elèctric comença a descarregar amb força.

Comença a pedregar.

Continuem menjant com podem, protegits únicament pel paravent i la funda de bivac.

Els trons retrunyen amb violència i les parets actuen com una immensa caixa de ressonància, fent-nos sentir encara més petits dins del nostre precari refugi.

De sobte, un llamp impacta a la part alta de la paret.

Instants després, una nova allau de roques es precipita cap a nosaltres.

Ens enganxem a la roca intentant protegir-nos. Algunes pedres, de la mida d’un microones, passen a escassos centímetres dels nostres caps.

El temps torna a aturar-se.

La paret sembla entestada a no deixar-nos escapar d’aquella ratera.

Les pedres colpegen els nostres cossos i els nostres cascos. Durant uns segons estic convençut que aquesta vegada no ens en sortirem.

Aleshores sento un cop sec seguit del crit de dolor d’en Xavi.

Li pregunto si està bé, però amb prou feines pot respondre.

Una gran llosa li ha colpejat l’esquena i li ha arrencat un bon tros de la jaqueta de Gore-Tex.

La caiguda de pedres finalment cessa, tot i que la tempesta i la pedregada continuen.

M’incorporo. En Xavi recupera a poc a poc l’alè.

—Estàs bé?

—Sí... però em fa molt mal l’esquena.

Tota la lleixa ha quedat coberta per una capa de calamarsa.

Aleshores m’adono d’una cosa.

—I la meva motxilla? Hi duia la farmaciola, l’aigua, el menjar, el material d’escalada, els grampons i el piolet.

En Xavi m’ensenya un tros del cordino trencat amb què estava assegurada a la reunió.

La motxilla ha desaparegut.

Alguna de les roques l’ha arrencada de soca-rel i l’ha llançada al buit amb tot el seu contingut.

Ara ja no tenim ni aigua, ni menjar, ni fogonet, ni material d’escalada.

La situació acaba d’empitjorar de manera dramàtica.

La reunió també ha quedat malmesa. Els dos pitons i el friend han resistit, però un dels pitons és pràcticament fora de la roca, un dels anells de corda ha quedat gairebé seccionat, diversos mosquetons apareixen deformats i un dels piolets està trencat. Les dues cordes també presenten danys importants.

La situació és tensa. Aquest segon despreniment confirma que ens trobem en una zona extremadament exposada a noves caigudes de pedres. A més, ara ja no tenim cap possibilitat de sortir pels nostres propis mitjans.

La tempesta ha afluixat, tot i que l’atmosfera continua inestable.

Decideixo recollir amb una cullera les petites boles de calamarsa acumulades a la lleixa i omplir parcialment una de les cantimplores, a la qual encara li queda una mica d’aigua al fons.

Mentre recullo la calamarsa, penso que potser la guarda del refugi, en veure la violència de la tempesta, haurà decidit comprovar si continuem bé.

Em dirigeixo a l’extrem de la lleixa, on comença una xemeneia, i encenc el frontal en mode SOS, amb la llum vermella intermitent. Mantinc aquella posició durant una bona estona, amb l’esperança que em pugui veure. Finalment desisteixo i torno al costat d’en Xavi, tot i que abans debatem quin pot ser el lloc més segur per passar la nit.

Comento que el peu de la xemeneia sembla més protegit, però el risc de caiguda de pedres ens fa descartar aquesta opció.

Finalment tornem al lloc on érem i excavem un petit clot a la graveta de la lleixa per poder seure amb una mica més de comoditat.

Tot i que l’emplaçament sembla una mica més protegit dels despreniments, està molt exposat al vent i a la tempesta.

Ens acomodem com podem al nostre precari refugi i comentem que, si la guarda no ens ha vist, serà l’endemà quan donarà l’alarma en no rebre notícies nostres des del refugi de la Selle.

Comencen a aparèixer els dubtes. Especulem sobre si la guarda recordarà el nostre pla o si alguna circumstància imprevista, tenint a més un nadó al seu càrrec, l’ha obligada a abandonar temporalment el refugi sense poder informar de la nostra activitat.

En aquest cas caldria esperar que l’Ana, la meva dona, que coneix perfectament els nostres plans, comencés a preocupar-se en no tenir notícies nostres divendres. Això complicaria enormement la situació i podria obligar-nos a passar, en el millor dels casos, un dia més i un tercer bivac a la paret, ferits, sense menjar i pràcticament sense aigua.

Mentre la incertesa s’apodera de nosaltres, sentim el soroll llunyà d’un motor al fons de la vall.

Deuen ser prop de les set de la tarda.

Ens posem drets d’una revolada i encenem els frontals en mode SOS.

A la llunyania distingim els colors vermell i groc de l’helicòpter de rescat.

Una descàrrega d’adrenalina recorre els nostres cossos. Comencem a agitar el tros de màrfega que encara conservem i aixequem els braços en forma de Y, el senyal internacional de socors.

L’helicòpter ens ha vist.

Comença a aproximar-se per avaluar les condicions del rescat.

Les ràfegues de vent són molt fortes i el pilot té dificultats per mantenir l’aeronau estable.

En un primer intent prova de recolzar els patins sobre un petit ressalt de l’aresta que arrenca al costat de la nostra lleixa. El rescatador ja té la porta oberta i està preparat per saltar. Mentrestant, jo no paro de fer gestos per advertir-los del perill dels despreniments. L’aire impulsat pel rotor colpeja la paret amb força i temo que pugui provocar la caiguda de noves roques sobre les hèlices.

Finalment, el pilot interromp la maniobra i es retira cap a la vall a la recerca de condicions més favorables.

En un segon intent prova de situar-se sobre la nostra vertical per realitzar una operació amb grua. El rescatador ja està suspès del cable, amb mig cos fora de la cabina, quan una violenta ràfega desplaça bruscament l’helicòpter diversos metres i impulsa el rescatador de nou cap a l’interior.

Amb una maniobra ràpida i precisa, el pilot recupera el control i s’allunya una altra vegada de la paret.

És evident que el fort vent està complicant enormement unes maniobres que ja són extremadament delicades a causa de la nostra ubicació.

Durant una tercera aproximació, el rescatador ens comunica amb una senyal de braços que el rescat és impossible. Després ens indica amb gestos que intentem passar la nit i que tornaran l’endemà.

L’esperat helicòpter desapareix vall avall mentre el capvespre s’apodera de la muntanya.

Ens sentim alleujats perquè ens han localitzat, però també preocupats. Sabem perfectament que continuem exposats a nous despreniments.

Tornem a la lleixa i ens acomodem al forat incòmode que hem excavat. Asseguts, amb l’esquena torta per la irregularitat de la roca, ens preparem per afrontar una altra llarga nit.

La tempesta torna a desenvolupar-se sobre el massís. Els llamps il·luminen periòdicament les fosques parets de l’Ailefroide i els trons retrunyen per tot el circ de muntanya.

Els núvols passen veloços i, de tant en tant, alguna clariana deixa entreveure la immensitat del firmament.

Els minuts semblen eterns. El temps deixa de mesurar-se en hores per convertir-se en una experiència purament emocional.

En diverses ocasions tornen a caure pedres. Instintivament encongim les cames tant com podem. Una d’elles passa tan a prop que gairebé colpeja el meu peu esquerre.

Després torna el silenci. Almenys el de les pedres, perquè el vent continua assotant-nos sense treva.

Cada ràfega ens arrenca un calfred i s’endú part de l’escassa calor que aconseguim conservar.

Comentem que, amb aquelles condicions, difícilment l’helicòpter ens podrà rescatar l’endemà. Tot i això, confiem que el vent acabi afluixant.

Humitegem les nostres goles seques amb petits glops d’aigua gelada de la cantimplora, on la calamarsa encara no s’ha fos completament. Intentem dormir, però el vent i la tensió permanent davant d’un possible despreniment ho fan gairebé impossible.

A poc a poc, la interminable nit comença a retirar-se. Els primers raigs de sol anuncien un nou dia.

Especulem sobre quan tornaran a buscar-nos. Com si fóssim dos anemòmetres improvisats, mesurem el pas del temps observant la intensitat de cada ràfega de vent.

Són les vuit del matí quan tornem a sentir el so inconfusible de l’helicòpter.

Aquesta vegada el vent ha disminuït considerablement.

Ens preparem mentre el pilot aconsegueix mantenir l’aeronau perfectament estacionària. Amb una maniobra impecable, el gruista fa descendir el rescatador pel cable fins a dipositar-lo sobre un petit ressalt de l’aresta, davant de la nostra lleixa. Després, l’helicòpter es retira momentàniament.

El rescatador porta penjat un trepant portàtil que utilitza per instal·lar dos parabolts d’ancoratge ràpid i muntar una reunió sòlida.

Esperem encordats fins que em fa un senyal perquè m’hi acosti. En Xavi insisteix que hi passi jo primer.

Un cop al seu costat, avisa el pilot perquè torni.

L’helicòpter es col·loca sobre la nostra vertical i el gruista despenja el ganxo juntament amb un fi cable guia per facilitar la maniobra.

Pocs segons després estic connectat al sistema de rescat, juntament amb la motxilla d’en Xavi, i començo a elevar-me sobre el buit.

El gruista m’ajuda a entrar a la cabina i m’assegura en un seient.

Em somriu.

Per primera vegada en moltes hores sento que realment sortirem d’allà.

Poc després repeteixen l’operació amb en Xavi i el rescatador.

Quan els veig entrar a la cabina, una immensa sensació d’alleujament i gratitud recorre tot el meu cos.

Miro per última vegada la gegantina cara nord de l’Ailefroide i aquella petita lleixa on hem passat dues nits i trenta-set hores que mai no oblidarem.

L’helicòpter es dirigeix després al refugi per recollir el metge i la llitera. Allà ens espera la Marie. Una breu mirada és suficient per transmetre-li tot el nostre agraïment.

Ara sí.

L’helicòpter recorre la vall i finalment ens deixa a la base del CRS Grenoble, a Les Deux Alpes.

Estem salvats.

Vull expressar el meu més sincer agraïment als equips de rescat francesos per la seva extraordinària professionalitat, humanitat i empatia. També a la Marie, guarda del refugi Temple-Écrins, per la responsabilitat i el compromís amb què va seguir la nostra activitat. I, per descomptat, a l’Ana, la meva dona, per la seva comprensió, paciència i suport durant tota la segona part d’aquest rescat, així com pels consells i l’ajuda de la Paula, futura metgessa, i de l’Hèctor durant tota la recuperació.

I, d’una manera molt especial, al meu company de cordada, Xavier Aymar, la calma, la paciència, la serenor, la qualitat humana i el bon criteri del qual van ser fonamentals durant les llargues hores d’incertesa viscudes a la paret. En situacions com aquella, les qualitats tècniques són importants, però les humanes resulten decisives.

Xavier Aymar i Francisco Carmona (Ciscu)
Ailefroide, juliol de 2026
 

  



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