Breve epílogo de una cara norte
El comienzo se hace difícil y la contracción muscular no facilita los primeros y finos pasos por una roca pulida erosionada por el descenso del glaciar.
El frontal apenas enfoca la magnitud de esta gran pared, pero intento enfocar más arriba para visualizar el lugar donde encajar algún seguro flotante.
Titubeo entre si seguir o aceptar que la dificultad me supera, pero no he llegado hasta aquí para renunciar en el primer intento. La progresión es lenta y las presas se encuentran con restos de arena que dificultan la progresión.
Coloco el flotante y chapo casi un cuarto de doble cuerda. Respiro y ahora no hay elección, continuo hasta el siguiente paso, que consigo asegurar, hasta que noto que uno de los pies se resbala de golpe sobre la roca húmeda.
Comienzo a caer en un vuelo que parece interminable, pero a la vez pasa más rápido de lo esperado. El golpe contra la roca y un ligero dolor en el costado me despierta de este infinito pero corto trance. La rapidez de mi compañero de cordada y el último friend colocado, parece que ha hecho bien su trabajo, deteniendo la caída e impidiendo una caída mayor o quién sabe sino un aterrizaje en las entrañas de la oscura y profunda rimaya que separa el glaciar de la roca…
La respiración es profunda y la decisión es firme. El frontal apenas alumbra por donde discurre el largo de cuerda que da inicio a esta nueva aventura. Ha pasado un año de aquel lejano vuelo, y como si el tiempo no hubiera transcurrido, volvemos a estar en el mismo lugar donde la montaña nos despidió amablemente…
Comienzo a notar el fresco en el cuerpo, y un ligero tiritón me recuerda que estamos justo en el borde de la rimaya, donde el frío emerge poco a poco y te cala todos los huesos sino te pones en movimiento o te abrigas rápidamente.
Esta vez parece que las cosas van más rodadas y este coloso de roca y hielo nos va a permitir acabar su primer largo de cuerda. La aventura acaba de comenzar y nuestro destino aún es incierto, pero comprometido.
A penas comienza a amanecer y los primeros rayos de luz que se estampan en la ladera este,
no llegarán hasta esta pared norte hasta bien entrada la tarde. Dirijo mi mirada hacia arriba y veo una interminable muralla rocosa que que se impone sobre nuestras cabezas.
La incertidumbre aparece de nuevo y seguramente será nuestra compañera y peor aliada en nuestra aventura.
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