Son siempre los inocentes los que pagan las injusticias de un mundo polarizado. En esta ocasión les ha tocado a un colectivo, como muchos otros, ajeno a cualquier tipo de interés político, económico, religioso o cultural. Tan solo el interés por practicar un deporte o una filosofía de vida diferente, como es la de viajar, caminar o escalar las grandes montañas de la cordillera del Karakorum. Esto y el hecho de ser occidentales, les ha condenado a un final inesperado y cruel. Sus asesinos les han sesgado sus vidas de una forma brutal, un riesgo objetivo que no contemplaban. Como en tantas otras ocasiones, la guerra destruye y aplica sus reglas más voraces sobre los más vulnerables: niños, mujeres, hombres, periodistas, personas no afines a la cultura dominante, políticos, secuestros de militantes de ONG, turistas, viajeros y atentados terroristas contra intereses públicos. Las imposiciones del primer mundo –por así llamarlo-, la globalización cultural, la aculturación forz...
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